jueves 5 de noviembre de 2009

Cine/ "AGORA"




El show de la lapidación



Piedra aquí y piedra allá, lapídame, lapídame..." Siendo un poco cruel, ése es el único slogan que se me ocurre para definir esta última película de Alejandro Amenábar, estrenada a bombo y platillo hace unas pocas semanas y que ha obtenido un éxito desmesurado. ¿Por qué tantos espectadores que apenas van al cine se han puesto de acuerdo en ir a ver "Agora"? Creo que se juntan una serie de factores: la indiscutible "buena pinta" de su factura técnica, el nombre y la belleza de Rachel Weisz, y, sobre todo, la poco menos que tácita obligación de respaldar una película española que osa plantar cara a un cine americano que se caracteriza por desplegar una espectacularidad de la que adolece la práctica totalidad de nuestra producción nacional. A mí, personalmente, "Agora" me pareció un pestiño insufrible, un peñazo de proporciones... épicas. Pero no me hagáis mucho caso. Nunca he ocultado que suelo ir a contracorriente, que me niego a adherirme a la opinión generalizada que otorga categoría de obras maestras a, por ejemplo, "Wall-E", "El Caballero Oscuro" y "Gran Torino". Mal que les pese a los críticos especializados y a vosotros, mis lectores, yo manifiesto mi propia opinión, y ésta se basa en que son pocas las buenas películas y mínimas las obras maestras. Hace muchísimos años, cuando yo era un adolescente que se pasaba los sábados en el improvisado CineClub que organizaban los Hermanos Maristas de Alicante, ya tuve un primer percance con otro film en el que un científico era víctima del fanatismo religioso; se trataba del célebre "Galileo" de Liliana Cavani, y, lo siento, me reafirmo en que a mí "Agora" me ha resultado tanto o más intragable. Que sí, que está muy bien hecha, que es muy espectacular y todo éso, pero... ¿y qué?. La historia que nos narran Amenábar y su compinche Mateo Gil glorifica la figura de Hipatia, una astrónoma alejandrina que pagó con su vida su vocación investigadora, su necesidad de anteponer la Ciencia a la superchería, la lógica y la razón a la demagogia y el terrorismo pseudorreligioso. Respeto mucho a los más de dos millones y medio de personas que han llenado los cines en los que se proyecta, pero a mí "Agora" se me hizo eterna, una interminable tomadura de pelo. Una gran actriz (Rachel Weisz) y un gran actor (Michel Lonsdale, que hace de su padre) se codean con un elenco de intérpretes mediocres que recitan diálogos estúpidos que parecen escritos por los guionistas de "Aguila Roja". ¿De verdad puede creerse alguien que los habitantes de la Alejandría de aquella época se expresaban de un modo tan pueril, tan chabacano y tan vulgar? ¿Son admisibles los "floridos" diálogos ("Puta", "Zorra") que se escuchan durante la escena final, cuando Hipatia es detenida por una turba de pirados que la conducen hacia su holocausto? ¿En base a qué criterios se ha elegido a actores tan inadecuados y tan poco creíbles como Oscar Isaac, que hace de Prefecto cuando es prefectamente inadecuado e incluso risible para ese papel? ¿No había ningún actor español libre para encarnar a alguno de los personajes principales o siquiera a cualquiera de los secundarios? ¿Acaso hay alguna ley no escrita que diga que para triunfar en el mercado anglosajón hay que prescindir absolutamente de los intérpretes "made in Spain"? Mirad, amigos y amigas, en la genial "La Vida de Brian" de los Monty Python ya se ridiculizaba el fanatismo y el sectarismo de los que hacen de la Fe la bandera de su intolerancia, e incluso se presentaban varias lapidaciones que resultaban, éso sí, bastante menos sonrojantes que las que Amenábar nos regala. Mas no quiero ser totalmente injusto con "Agora": la entrega de Rachel Weisz es conmovedora, la música de Dario Marianelli es sobresaliente y la reconstrucción de los fastos alejandrinos es sencillamente apoteósica, pero a una buena película, por no decir a una obra maestra, hay que pedirle mucho, muchísimo más.





Luis Campoy



Lo mejor: Rachel Weisz, la factura técnica


Lo peor: los diálogos, el resto de los actores, la sensación de que si hablas mal de esta película estás perjudicando al Cine español


El cruce: "Alejandro Magno" + "La vida de Brian" + "Galileo"


Calificación: 5 (sobre 10)


martes 27 de octubre de 2009

Todo un patriota


La muerte de Sabino Fernández Campo, ex-militar, ex-jefe de la Casa del Rey y uno de los políticos más influyentes durante la Transición, ha cerrado definitivamente una de las bocas que más y mejor han sabido callar. ¿Cuánto valdrían, en caso de existir, las "Memorias" de Sabino, en las que el recién fallecido hubiera desvelado los innumerables secretos de Estado que él conoció y conservó? Por éso todos, los de izquierdas y los de derechas, lo consideran un auténtico patriota. Creo que el mayor mérito atribuído a este gran hombre tuvo lugar el 23 de Febrero de 1981, cuando entonó el mítico "Ni está ni se le espera" referido al general Alfonso Armada, su predecesor en el puesto de responsable de la imagen pública del Rey y su familia, así como de las decisiones últimas de éstos. No seré yo quien, a estas alturas, se arriesgue a ser detenido por terrorismo ideológico, pero es sabido que, en un primer momento, don Juan Carlos no tenía tan claro si procedía o no respaldar el Golpe militar liderado por Armada, Milans y Tejero, y fue Sabino quien le convenció de que España se merecía seguir disfrutando una democracia constitucional y no la reedición de una nueva dictadura militar. Durante dos décadas, este insigne asturiano ejerció de consejero de los monarcas y de preceptor de los príncipes, sobre todo de don Felipe, que el pasado viernes le recordó desde la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. ¿Por qué Sabino fue, finalmente, relevado como jefe de la Casa del Rey? Parece que llegó un momento en que pasó de ser un Pepito Grillo a una mosca cojonera, al menos desde el punto de vista de don Juan Carlos. No es oro todo lo que reluce, y ni siquiera un Rey está exento de equivocarse a la hora de elegir sus amistades o exteriorizar determinados comportamientos. Sabino pecó de demasiado estricto para con su "jefe", y éste se hartó de tanto tutelaje y tanta rectitud y le dio el pasaporte... de la manera más aparente y majestuosa posible, claro está. Como he dicho antes, en caso de existir, que no lo creo, las "Memorias" de Fernández Campo se convertirían en un best-seller que eclipsaría a Dan Brown, Ken Follett y Stieg Larsson juntos. En sus últimos años y ya acompañado por su segunda (y bastante joven) esposa, Sabino fue asiduo veraneante en las playas de La Manga del Mar Menor, y supo mantener su inigualable elegancia hasta la muerte: jamás de los jamases habló públicamente mal, ni siquiera regular, de ningún miembro de la familia real, fueran cuales fueran los deslices o pifias que éstos pudieran haber cometido. Descanse en paz un hombre sencillo pero fundamental para nuestra Historia moderna, cuya desaparición ha sido lo único que ha podido poner de acuerdo a Fraga, a Carrillo, a Rajoy, a los ministros del Gobierno y, por supuesto, a los Reyes y los Príncipes de España.

domingo 25 de octubre de 2009

Cine/ "Millennium 2: LA CHICA QUE SOÑABA CON UNA CERILLA Y UN BIDÓN DE GASOLINA"

Los productores que soñaban con hacer una película pero hicieron un telefilm





Cuando acabé de leer el segundo episodio de la trilogía “Millennium”, “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”, hace cosa de un mes, eché el freno y me negué a continuar con la lectura del tercero, “La reina en el palacio de las corrientes de aire” hasta que no hubiese visto en cine la adaptación de la segunda parte. Quizás hoy mismo, antes de acostarme, eche mano del libro y continúe descubriendo las aventuras de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist justo donde han quedado al final de la más bien decepcionante película que acabo de ver. Como ya conté en su momento, el éxito internacional de las novelas de Stieg Larsson me pilló un poco fuera de onda, y sólo me animé a unirme al distinguido club de sus millones de lectores tras descubrir que la intriga sueca que desvelaba el primer film, “Los hombres que no amaban a las mujeres” no estaba nada, pero nada mal. Claro que también acerca de ésto ha habido multitud de opiniones. Mi respeto a quienes opinan que la película anterior era una visualización torpe y confusa, pues, después de haberla revisado por segunda vez en DVD, yo me reafirmo en que se trata de un thriller duro, morboso y estimulante, en el que un gran personaje (la citada Lisbeth Salander, la hacker de los piercings y los tatuajes) hallaba a una gran actriz (Noomi Rapace) capaz de darle vida con indiscutible soltura. Pero, ay, el avispado productor de la saga ha considerado que el primer director, Niels Arden Oplev, se merecía un innecesario descanso y ha contratado para sustituirle a un torpón Daniel Alfredson, que a punto está de lograr que la afamada trilogía novelística se quede en díptico cinematográfico, cosa que los potenciales espectadores del tercer film, que, obviamente, son los acérrimos fans de las novelas, no podrían consentir. Lo peor es que la tercera entrega también la ha firmado el tal Alfredson, lo cual es un pésimo augurio. El caso es que en “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”, la película, tenemos ocasión de disfrutar nuevamente de una estupenda actuación de Noomi Rapace y de una, como mucho, correctita composición de Michael Nykvist como su partenaire periodista. Uno de los “logros” de los guionistas del film es despojar a Lisbeth Salander del enorme protagonismo que adquiere en el segundo libro (que, por cierto, es ostensiblemente mejor que el primero), y ello deviene un producto bastante gris y descafeínado en el que aparecen y desaparecen demasiados personajes que no tienen peso específico y confunden al espectador. Se nota demasiado el loable empeño de los responsables de la cinta a la hora de pretender complacer a la legión de lectores respetando en lo posible la mayoría de subtramas de la novela, pero la sobredosis de información que intentan suministrar es más bien anticinematográfica, además de servida por algunos actores que provocan bastante decepción. Sucede con la actriz (Lena Endre) que interpreta a Erika Berger, la socia y amante de Mikael Blomkvist; con el actor que encarna al anterior tutor de Lisbeth, Holger Palmgren (Per Oskarsson); y, sobre todo, con el "aterrador" villano Zala (Georgi Staykov), cuyas "terribles" quemaduras literarias han sido tan mal trasvasadas al cine que el pobre parece el padrastro de Michael J. Fox en “Regreso al futuro 2” con un hilarante toque de Freddy Krueger. Por cierto, el actor que interpreta al boxeador Paolo Roberto, que en la ficción fue entrenador personal de Lisbeth, se llama… Paolo Roberto; resulta que se trata de un personaje real, un deportista famoso en Suecia que Larsson incluyó en su libro, y que en la peli ha accedido a interpretarse a sí mismo. Demasiado ambiciosa pero demasiado esquemática, demasiado esclava de su propio intento de ser provocadora (la escena lésbica entre Lisbeth y Miriam se eterniza sin ton ni son), “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” es un thriller más bien aburrido que, si yo hubiese visto sin haber leído el libro, probablemente hubiera conseguido que huyera de Stieg Larsson como de la peste. Y éso hubiera sido muy, muy triste.





Luis Campoy



Lo mejor: Noomi Rapace


Lo peor: la estética de telefilm europeo, la banda sonora, el maquillaje y la cojera del “superespía” Zala


El cruce: “Los hombres que no amaban a las mujeres” + “Rocky III” + “Regreso al futuro 2”


Calificación: 5 (sobre 10)


miércoles 21 de octubre de 2009

Un toque de atención


Parecía inconcebible. De hecho, una parte de mi ni siquiera se lo acaba de creer todavía. Recuerdo que ayer, cuando el partido ante el incógnito Rubin Kazan estaba alboreando, estaba comentando con mi vecino de mesa el probable penalty contra Iniesta en la primerísima jugada del partido, cuando los rusos se pegaron una carrera y, sin apenas oposición de nuestra defensa, se plantaron ante la portería de Valdés y le endosaron un trallazo que nuestro meta no pudo ni rozar. No cabe duda: un gravísimo error de concentración, de estar, como yo, más pendientes de pedir un penalty no del todo claro que de controlar el juego enemigo. Pero hubo más cosas. El Rubin Kazan supo muy bien cómo jugarle al Barça, incluso mejor que el Valencia de Emery, que a su vez había pulido la técnica del Almería de Hugo Sánchez. Contra el Almería, a pesar del indigesto marcaje a Xavi, pudimos ganar; con el Valencia no pasamos del empate, y gracias. Con los rusos, por fin, hemos perdido. Eso quiere decir, sin lugar a dudas, que nuestros rivales, todos nuestros rivales, nos están tomando la medida, y nuestros chicos no saben cómo superarlos. Lo de ayer, desde cierto punto de vista, fue lamentable: durante repetidas ráfagas, que pasaban como una exhalación ante nuestros ojos, volvimos a ver al Barça de antaño, de hace apenas 8 ó 9 meses (aunque, para mí, como he dicho más de una vez, el juego verdaderamente sublime quedó aparcado con el inicio de la segunda vuelta de la temporada pasada), pero, extrañamente, ninguna de esas jugadas portentosamente trenzadas tuvo su culmen en forma de gol. Cuando encajamos el tempranero tanto del R.K., yo estaba seguro de que íbamos a empatar en la siguiente llegada, de que íbamos a comernos por los pies a los rivales en unos segundos. Sin embargo, tras millones y millones de toques, tras un derroche de tiki-taka que hubiera entusiasmado al finado Andrés Montes, tan sólo Ibrahimovic logro meter una en la portería de los cosacos de Kazan, exactamente 45 minutos después de su primera y prácticamente única llegada. El empate parecía la puerta abierta hacia el triunfo, y todo indicaba que así iba a ser: el control, el desgaste físico, la fe ciega en la victoria. Pero para vencer no puede uno volver a desconcentrarse. El segundo gol del Rubin Kazan fue casi idéntico al primero: una contra vertiginosa que nuestra defensa fue absolutamente incapaz de atajar. Ahí se acabó el partido. Ni el toque ni el control y ni siquiera la fe marcan goles. Hay que empezar a preguntarse, todavía sin excesivos tremendismos, qué nos está pasando. Sí, ganamos partidos, incluso hemos cosechado más y perdido menos puntos (al menos en Liga) que en el ejercicio anterior, pero ¿dónde están aquellas goleadas por 4, 5 o hasta 6 goles? ¿Dónde quedó ese despliegue de fútbol eléctrico, ese hambre de balón, esa perfección insuperable que a todos cautivaba y nadie conseguía quebrar? Está claro que un estilo de juego definido como el del Barça llega un momento en que puede ser neutralizado por algún que otro rival con la lección bien aprendida, pero, aun así, ¿cómo justificar la sequía goleadora?. ¿De verdad es tan complicado marcar goles simples, tras una carrera, tras un descuido, con un chupinazo desde fuera del área o incluso de penalty? Los penaltys, visto lo visto, no nos los van a pitar ni aunque nuestro delantero acabe sangrando y partido en dos, así que hay que buscar los goles de los otros modos más convencionales. Ibrahimovic lo intenta, y ayer, incluso, lo consiguió, pero siempre a costa de haber tratado de hacer lo más bonito, lo más difícil, lo más inverosímil. Pedro "sólo" marca golazos, golazos que desatascan partidos especialmente complicados, Henry estás más muerto que vivo y Bojan, recién salido de su lesión, tiene la pólvora mojada. Tal vez, sólo tal vez, Maradona no ande totalmente desencaminado: Messi podría y debería hacer más, y no sólo con su Selección. Argentina le necesita, pero el Barça es quien le paga, y su sueldo estratosférico debería conllevar un plus de entrega e incluso de puntería. Messi lleva dos meses rindiendo a su nivel más bajo, limitándose a cortos sprints, algún pase afortunado y unos pocos tiros a puerta que parecen destinados al lucimiento del portero. Anoche, incluso Iniesta y, lo que es peor, Xavi, estuvieron por debajo de sí mismos. Andrés parecía Papá Noel regalando balones a los rusos, y el de Tarrasa anduvo correcto en el pase pero negado en la definición. ¿Y Márquez? El mexicano tiene el porte de un galán de culebrón y una elegancia incuestionable, pero estoy seguro de que Puyol no hubiera permitido las internadas de los ex-soviéticos. La pena es que los años no perdonan a nadie, y Guardiola pensó, erróneamente, que el R.K. era un equipo débil, que se iba a limitar a cerrarse atrás y que no iba a lanzar contragolpes tan letales como los que nos deparó. El año pasado Johan Cruyff dijo que el Barça necesitaba perder para poner los pies en el suelo, para no creérselo demasiado, y es incuestionable que, según esa misma teoría, la derrota de anoche puede ser bienvenida. Bienvenida, para pulir defectos, para corregir errores, para exigirle más a quienes más tienen que aportar. Por suerte, aún no es demasiado tarde.



Nota: este artículo procede de mi otro blog, "Mi blog azulgrana"


lunes 19 de octubre de 2009

Todos contra el aborto



Tal y como muchos sospechábamos, la manifestación convocada el pasado sábado en contra de la reforma de la Ley del Aborto finalmente no se ha conformado con criticar la reforma de la legislación vigente, sino que su verdadera pretensión era condenar la existencia del aborto en sí mismo. Entramos en el túnel del tiempo. Volvemos a los tiempos en los que determinados sectores de población se concentraban frente al teatro en el que se representaba "Jesucristo Superstar" o a los cines en los que e exhibían "La última tentación de Cristo" o "Yo te saludo, María" y se postraban de hinojos suplicando a los potenciales espectadores que no entrasen a presenciar tan heréticos espectáculos. Lo peor no es sólo que la multitud, jaleada desde el púlpito por curas, sacristanes y obispos, expresara un pensamiento y un sentimiento al que, indudablemente, tienen derecho, sino que delante estuvieran (a título personal, faltaría plus) determinados dirigentes del PP, partido que en sus 8 últimos años de Gobierno no hizo absolutamente nada por modificar o incluso derogar tan polémica Ley. Mi opinión personal sobre el tema ya la he expresado alguna vez (creo que la mujer, obviamente, tiene ciertos derechos, pero en según qué casos y nunca cuando el feto ya tiene más de 9 ó 10 semanas), pero éso de que algunos de esos fanáticos ultracatólicos tachen a quienes abortan de "asesinas" y comparen la interrupción del embarazo con la violencia de género me parece bastante excesivo. En el fondo, todo se reduce al clásico "Si tengo libre albedrío, ¿por qué no puedo decidir lo que hago con mi propio cuerpo?", sólo que aderezado con sabrosos aditivos que, manipulados con habilidad, pueden convertir a un creyente en una marioneta. Naturalmente, el hecho de que el PP presida oficiosamente la manifestación tiene muy poco de oficioso, y menos cuando Aznar, Aguirre, Mayor Oreja e incluso Cospedal no tuvieran reparo alguno en exhibirse ante la Prensa. O sea, por mucho que uno pretenda expresar en público su pensamiento individual, su apoyo explícito a una u otra tendencia no puede evitar interpretarse como adoctrinamiento para los que le siguen (y, si no, que nos lo digan a los culés con respecto al impresentable Joan Laporta). La manifestación del sábado, con toda su impronta de nobleza y limpieza moral, no fue sino una nueva zancadilla para el gobierno de Zapatero, una nueva encuesta pública de pérdida de apoyo popular, lo cual se traduce en pérdida de votos. Ahora, Rajoy dice que va a tratar de impedir que la corrosiva e inoportuna reforma de una Ley que parecía acatada en silencio sea tramitada parlamentariamente. Y digo yo: don Mariano, si no te gusta la reforma, pues ya somos dos, te deseo suerte y a ver si consigues que despropósitos tales como el aborto libre para cualquier adolescente de 16 años no llegue a ser nunca una realidad; pero, si lo que subyace en el fondo de tu alma no es sólo el rechazo a la ampliación de lo legislado sino la tardía anulación del decreto existente, te pregunto: ¿por qué cuando estabas en el Gobierno no te acordaste de darle carpetazo a toda la Ley? ¿Será quizás porque los socialistas han sido estúpidamente ingenuos al pretender engrandecer los derechos de las feministas justamente en la sima de su impopularidad? ¿O será que vosotros habéis sido implacablemente astutos al aprovechar precisamente este momento para atacarles donde más les duele (arrebatándoles un buen puñado de votos)?.

domingo 11 de octubre de 2009

TV/ "Curso del 63"



No suelo ver mucho la tele, y difícilmente aguanto entero un programa nocturno. Por eso me sorprendió gratamente el nuevo reality show que estrenó Antena 3 la otra noche. Joder, es que leídas juntas esas dos palabras, “reality show” y “Antena 3”, ya te predispones para lo peor... Sin embargo, “Curso del 63” me gustó. Como quizás ya sepáis, este “Gran Hermano estudiantil” pretende que un grupo de chicos y chicas de nuestros días realicen una especie de viaje en el tiempo para ser educados en un Colegio mayor de los que proliferaban más de cuarenta años atrás. Yo mismo, como alguna vez he revelado en esta página, tuve el privilegio de “realizarme” como persona en una de esas instituciones. Sin embargo, reconozco que la férrea disciplina que exhibían los (falsos) educadores del programa iba algún que otro paso más allá con respecto a la que yo recibí. Claro que yo nací y me eduqué en aquella época, y, encima, era considerablemente dócil y sumiso, y los pipiolos del concurso no dejan de ser un atajo de “troncos” y “colegas” nihilistas del siglo XXI, acostumbrados a hacer lo que les viene en gana y que apenas saben vivir sin sus tatuajes, sus piercings, sus teléfonos móviles y sus tangas (básicamente en el caso de las chicas, que de todo habrá). La ambientación de la institución docente (que se hace llamar, no sin razón, “San Severo”) está bastante bien conseguida, pero lo mejor son sus profesores, perfectamente elegidos y que saben cómo imponer su autoridad sin tener que recurrir a ninguna Ley auspiciada por Esperanza Aguirre. “A mí no me levante la voz”, “No me conteste” o “Acompáñeme a ver al Director” eran frases que, dichas entonces, podían tener un efecto demoledor en cualquiera de los alumnos de un colegio, incluso en los pocos juerguistas que trataban de seguir siéndolo. ¿Realmente hemos evolucionado para bien desde entonces? Por ejemplo, en el tuteo. ¿Debe un alumno dirigirse a un profesor como si se tratase de su compañero de juegos, de su igual? ¿Me estaré yo volviendo un carca por pensar de ese modo? No apruebo ni aprobaré el castigo físico, y nunca me gustaron ni los tirones de orejas ni los reglazos en las posaderas, pero, a decir verdad, me encantaría que mis hijos se educasen en un entorno en el que se les enseñase a mantener una correcta apariencia física, a estudiar cada día y a tratar a los mayores con auténtico respeto. Parece mentira, pero viendo en “Curso del 63” cómo los mequetrefes de hoy se sorprendían ante la ¿severidad? del sistema educativo de ayer me dí cuenta de cómo algunos de nuestros logros han sido, en realidad, retrocesos.

sábado 3 de octubre de 2009

Cine: "LOS SUSTITUTOS"

Ensalada de refritos






Que en el Cine, como en cualquier otra disciplina artística, todo está ya inventado, es algo sabido. Ahora bien, que un film como “Los sustitutos” se permita el lujo de plagiar impúdicamente ideas, conceptos e incluso soluciones estéticas de un sinfín de películas anteriores dice muy poco de la dignidad profesional de sus guionistas y director. Si metemos en una coctelera “Blade runner”, “Soy leyenda”, “Yo, robot”, “El sexto día” y “El incidente” nos saldrá “Los sustitutos”… sólo que sin el talento o el carisma que ostentaban sus ilustres precursoras. En otras palabras: este último trabajo del director de “Terminator 3”, Jonathan Mostow, se aprovecha de un montón de buenas enseñanzas pero dudo mucho que, a su vez, genere “escuela”. Su argumento es, en líneas generales, el siguiente: tras haber logrado dominar la tecnología cibernética a su antojo, los seres humanos han aprovechado dicha disciplina para crear réplicas robóticas de sí mismos, con lo cual las personas se quedan cómodamente tumbadas en casita mientras sus “sustitutos” son los que salen a la calle a currar y ganarse la vida. Una “idea” como ésta, desarrollada con soltura y dirigida, al menos, con un mínimo de imaginación, podía haber dado lugar a una obra inquietante o interesante, pero el señor Mostow y sus guionistas, John Brancato y Michael Ferris (con la excusa de adaptar a la pantalla una novela gráfica de Robert Venditti), se limitan a copiar la estética de los films antes reseñados, llegando a plagiar secuencias completas de “Soy leyenda”, “El incidente” y “Yo, robot”. Las referencias (argumentales, estéticas y conceptuales) a esta última son tan obvias y evidentes que, supongo que para evitar alguna demanda por plagio, los productores de “Los sustitutos” utilizan al actor James Cromwell, que en “Yo, robot” interpretaba al creador de los androides y aquí interpreta… al creador de los sustitutos, con lo que, pensarán ellos, lo que hubiera sido un plagio descarado podría pasar por un respetuoso homenaje. No cuela. Ante tamaña y tan poco disimulada falta de originalidad, mi reacción no fue otra que la indignación, cosa que me entristece dado que, mediando otras circunstancias, hubiera dicho que este film no estaba nada mal.



Luis Campoy



Lo mejor: Bruce Willis (cuando va de humano)


Lo peor: el morro que le echan sus responsables a la hora de plagiar a diestro y siniestro, los indescriptibles pelucones de Bruce Willis (cuando va de “sustituto”) y Ving Rhames


El cruce: “Yo,robot”+”El sexto día”+”Blade Runner”+”Soy Leyenda”+”El Incidente”


Calificación: 5 (sobre 10)


sábado 26 de septiembre de 2009

Cine/ "MALDITOS BASTARDOS"



Reinventando la Historia




Desde hace tiempo vengo dando cuenta en esta misma página de la inacabable sucesión de films recientes que demonizan el fenómeno del nazismo mientras, con mayor o menor sutileza, hacen apología del pueblo judío. Tras “El niño con el pijama de rayas”, “Resistencia” y “Valquiria”, nos llega ahora este último trabajo de Quentin Tarantino, “Malditos bastardos”, en el que los villanos son, obviamente, los pérfidos nazis y los héroes, cómo no, unos aguerridos soldados norteamericanos de ascendencia judía. Adaptación o remake de un film italiano titulado “Aquel maldito tren blindado” de Enzo G.Castellari (rebautizado para el mercado anglosajón como “E.G. Castell”), “Inglorious Basterds” vendría a significar algo así como “Bastardos sin gloria”, haciendo referencia a que los métodos de estos tipos no eran precisamente ortodoxos, por mucho que el fin que perseguían (la aniquilación de los perversos alemanes nacionalsocialistas) sí fuese, desde el punto de vista de quienes padecieron el Holocausto en particular y la II Guerra Mundial en general, bastante reivindicable. Estamos en plena contienda y, mientras Hitler afianza su ocupación en Francia, con la búsqueda, captura y exterminación de todos los judíos franceses como principal prioridad, el comando de “Bastardos” liderados por el teniente Aldo Raine (Brad Pitt) persevera en su misión de infiltrarse en territorio europeo y dar buena cuenta de cuantos nazis encuentra a su paso, no conformándose con asesinarlos (perdón, ejecutarlos) sino que, además, les corta la cabellera al más puro estilo comanche. Así las cosas, los destinos de los muchos personajes que pueblan el film se cruzan en un cine donde Goebbels y el propio Hitler pretenden proyectar una película protagonizada por un héroe de las S.S., momento y lugar que la dueña del local, una judía cuya familia fue asesinada por el maquiavélico coronel Hans Landa (Christoph Waltz) pretende convertir en su peculiar pira funeraria, mientras Raine y sus Bastardos eligen el mismo emplazamiento para perpetrar un atentado definitivo contra el Führer y la plana mayor del III Reich… Al igual que todas las de Tarantino, “Malditos Bastardos” es una película que es imposible valorar e incluso comprender hasta que no comienzan a aparecer sus títulos de crédito finales. De hecho, el peculiar estilo del director-guionista (personajes aparentemente sin ninguna conexión entre ellos hablan y hablan de cualquier asunto trivial y el espectador no logra establecer la relación entre ellos hasta muchos minutos después) consiguió provocar en mí un desconcierto inicial que luego dio paso a una sensación de frustración que sólo cambió a manifiesta admiración durante el último tercio del relato. Tampoco ayuda el flojo doblaje español del film, que se ceba particularmente con un pésimo Brad Pitt que adopta una innecesaria actitud chulesca que resulta contraproducente para con la mayoría de los otros personajes. Pitt es, pues, el reclamo de cara a la galería, sobre todo para aquéllos que, no muy cinéfilos ellos, desconocen quién es Quentin Tarantino, pero en demasiados momentos se convierte en una especie de lastre que hace que la historia no termine de levantar el vuelo. Lástima. Sobre “Malditos bastardos” podría aplicarse el mismo rosario de quejas que ya formulaba en mi crítica acerca de su anterior “Death Proof” (a saber: un principio laaaargo y tedioso, unos diálogos estirados cual chicle verbal), pero, éso sí, entonces aparece un señor llamado Christoph Waltz (actor austríaco ya cincuentón y hasta ahora prácticamente desconocido) que se adueña de la película y nos regala un auténtico recital de villanía, sutilieza, ominosidad e inteligencia; pocas veces surge de la nada un talento como el de este hombre y, junto con Sharlto Copley (la revelación de “Distrito 9”), son lo mejor que he descubierto en una pantalla en los últimos meses. Otro enorme hallazgo es Melanie Laurent, que da vida a la judía propietaria de la sala cine que, muy cinéfila ella, no tiene otra idea que quemar vivos a los nazis utilizando como combustible rollos y rollos de celuloide: el Cine como arma, el Cine como cura, el Cine como destino final. Tarantino se atreve a reinventar la Historia en esa última y enorme secuencia, y la verdad es que no resulta contraproducente presenciar cómo unos “bastardos” que hasta entonces habían parecido tener más bien pocas luces se erigen en vengadores de la Humanidad. Porque otro de los “peros” aplicables al film es lo poco creíbles que resultan los comandos liderados por Raine, tipos de apariencia vulgar y estúpida que en ningún caso podrían infundir pavor en tan insignes y recurrentes villanos como desde siempre han resultado ser los nazis. Algo confusa en su afán de forzar situaciones que den pie a los inacabables diálogos tan queridos por su director, muy violenta en su exhibición de cómo se arranca una cabellera y algo pesada en sus primeros compases, “Malditos bastardos” va poco a poco ganándose al espectador y provocando la admiración de quienes, tras peñazos como “Jackie Brown” o “Death Proof” habíamos comenzado a recelar de un tipo que ha aprendido mucho sobre cómo planificar y rodar con tensión y espectacularidad y que se llama Quentin Tarantino.



Luis Campoy



Lo mejor: Christoph Waltz, Melanie Laurent, toda la secuencia final en la sala de cine

Lo peor: Brad Pitt, el doblaje, la banda sonora llena de música de películas del oeste (pudo funcionar en “Kill Bill” pero no aquí)

El cruce: “Doce del patíbulo” + “Los violentos de Kelly” + “Top Secret”

Calificación: 9 (sobre 10)


Maldito bastardo


En la Edad Media, los señores feudales ejercían el llamado “derecho de pernada” sobre las doncellas que servían en sus territorios. Esto es, se creían con derecho a disfrutar sus favores sexuales tan sólo por el hecho de tenerlas empleadas. Muchos siglos después, cuando esta jodida crisis económica que no quiere abandonarnos obliga a muchas personas humildes a aceptar casi cualquier trabajo que se les presenta, todavía existen determinados empresarios que se creen que pueden disponer del tiempo libre de sus trabajadoras, so pena de perjudicarlas muy seriamente si no acatan sus exigencias. Algunos de estos tipos tienen la habilidad y la paciencia suficiente como para seleccionar a muchachas acuciadas por la necesidad , algunas de ellas inmigrantes solas con hijos a su cargo o problemas burocráticos, y pasarse meses o años camelándoselas con falsas actitudes generosas, protectoras y paternalistas, hasta que llega el momento en que la trabajadora se ve coaccionada y se siente forzada a compensar la amabilidad del jefe permitiéndole acceder a su vida privada o, lo que es peor, directamente a su cuerpo. El acoso laboral ha existido desde siempre y para siempre existirá, pero, desgraciadamente, no todas las mujeres acosadas tienen la suerte de poder resistirse y salir impunes. Las represalias si no se accede al requerimiento del jefe suelen acabar siempre en lo mismo (empeoramiento de las condiciones laborales o, directamente, el despido), pero muchas de las víctimas no se atreven a denunciar este abuso porque no disponen de pruebas fehacientes y porque no pueden costear un proceso judicial o no quieren exponerse a que, habiendo sacado a la luz su taras administrativas, les salga el tiro por la culata. Es en estos casos cuando el abusador siempre gana. Porque a él no le importa la calidad del trabajo y muchos menos el bienestar de su trabajadora. Tan sólo poder beneficiársela, sentirse su dueño y señor. Como en la Edad Media. Qué poco hemos avanzado.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Tan joven y tan viejo



Noche de fútbol. Noche de fiesta, si juega mi Barça. Gracias a la medida gubernamental que favorece a una de esas plataformas televisivas que no podemos ver en nuestras casas ni Pep Guardiola ni yo, para ver el partido en directo no queda otro remedio que buscarse un bar dotado de la infraestructura necesaria. Lleno casi total para ver a los azulgranas, ya que dudo mucho que el muy respetable Racing de Santander tenga tanto tirón entre los alhameños. Hasta ahí todo bien. Una cervecita, un bocadillo y un poquito de charla con el hincha culé de mi derecha, uno de los pocos que no escupen una apestosa nube de humo. El Barcelona empieza bien y continúa aún mejor. Un juego, como siempre, exquisito y agresivo, basado en el control y la posesión, dos goles en veinte minutos y una explosión de vítores y aplausos cada vez que los nuestros completan una jugada que parece más bien un rondito de entrenamiento. Todos disfrutamos como niños. ¿Todos...? No. A mi izquierda, un chavalín de no más de 20 años que viste de blanco y porta un enorme vaso con hielo que no debe contener precisamente zumo de melocotón, comienza a pronunciar los prolegómenos de un discurso que debe haberle escuchado a sus mayores y que, imparable, va creciendo en intensidad. "Putos catalanes", es lo primero que dice. El de mi derecha y yo nos miramos pero no le damos mayor importancia. A continuación, el de la camiseta blanca demuestra su amor por tal color y lo manifiesta apoyando a cualquiera que pueda perjudicar a los barcelonistas. "Vamos, quítasela a ese hijo de puta catalán", le grita a un anónimo jugador del Racing a quien él no conoce ni yo tampoco, pero que en ese momento representa la antítesis de lo que tanto parece odiar. Intento ser comprensivo y admito que yo, que tengo otros ideales y también otro carácter, también apoyo inconscientemente a cualquier equipo que juega contra el Madrid, si bien me guardo muy mucho de vociferar virulentamente mis opiniones, y menos en un entorno en el que teóricamente mi sentir es minoritario. Una acción llena de testosterona por parte de Sergio Busquets es ignorada por el árbitro, y mi vecino brama: "¡El árbitro, el árbitro también es catalán: malditos catalanes hijos de puta!". Pocos minutos después, tras una jugada entre Xavi y Messi que ataja la defensa racinguista, todos los que disfrutamos del juego culé sin compartir las tesis separatistas de Joan Laporta prorrumpimos en un frustrado "¡Uyyyyy!". "¿Uyyyyy? ¡Uyyyyyy os voy a dar yo a todos vosotros, hijos de puta catalanes de mierda!”, oigo a mi derecha. Yo, como todos sabéis, no soy catalán ni aspiro a serlo, pero me siento cada vez más molesto ante los exabruptos del señorito. Hasta el momento, no obstante, todo parece ser fruto de un posicionamiento político quién sabe si simplemente españolista; sin embargo, en una acción del duro Eric Abidal, que derriba a un futbolista santanderino, escucho una frase que, por sí sola, acaba de retratar al interfecto. "¡Tú, negro hijo de puta, mono de mierda, te vamos a matar!" . Confieso que estuve a punto de girarme y decirle algo a mi vecino, pero ví con el rabillo del ojo que el nivel del vaso que sostenía había descendido hasta una quinta parte, y que su semblante estaba desencajado. No soy persona que solucione las diferencias ideológicas mediante los puños, y menos cuando los insultos no van dirigidos directamente a mí o mis familiares, así que la prudencia me hizo callar. Todavía algún que otro "Jódete, catalán de mierda" si Xavi erraba un pase, o "Que te den por culo, negro cabrón" si Keita recibía una patada, y enseguida el descanso, en el que tan conspicuo defensor de los derechos humanos (de los fascistas y racistas inhumanos) estuvo casi callado. Casi. Un muchacho sudamericano al que conozco le palmeó la espalda amistosamente y le dijo en tono de broma: "Ya veo que te gusta ver jugar al mejor equipo del mundo". "¿El mejor equipo del mundo? Cállate, cállate, que tú eres quien más motivos tiene para callarse; tú, que ni siquiera eres español. Sudaca de mierda... Sois todos iguales, hijos de puta, que sólo venís a España para ver qué nos podéis quitar a los españoles".  Dos ecuatorianos que estaban sentados delante giraron la cabeza, pero algo debieron ver en los ojos del mozo, que se dieron la vuelta al instante. Ya en los segundos cuarenta y cinco minutos, el sueco Zlatan Ibrahimovic se tuerce el tobillo causándose un esguince, y, a mi izquierda, se escuchan risas y palmas: “Toma, toma, éso te pasa por ser catalán hijo de puta”. De repente, el Racing rompe la defensa del Barcelona y el rapado Víctor Valdés encaja un gol, ciertamente espectacular. “Coño, qué golazo, qué de puta madre, el mejor del partido, luego llegarán los hijos de puta catalanes del “Sport” y dirán que fue mejor el del tamagochi”. ¿Tamagochi? Arqueé las cejas disimulando que le estaba prestando más atención al neonazi alhameño que al gran Michael Robinson televisivo, y poco tuve que esperar para aclarar mis dudas, porque Guardiola decidió sustituir a Leo Messi por Andrés Iniesta, y, mientras el argentino salía del campo (recibiendo, todo hay que decirlo, los aplausos de los aficionados del Racing), el apóstol de la tolerancia chilló: "Vete a tomar por culo, enano tamagochi catalán de mierda". Acto seguido y como a cámara lenta, se giró y se dirigió a los parroquianos que trataban de concentrarse en el partido: "Y vosotros, catalanes hijos de puta, ni rechistéis, que os meto una hostia que os arranco la cabeza". Nadie dijo nada. A veces es mejor callar, a veces es preferible no demostrar a esas personas que se les presta atención y que incluso se les da importancia a sus desagradables palabras, quién sabe si repetidas a partir de algún modelo poco ejemplarizante y magnificadas por el alcohol. Concluyó el encuentro, los jugadores abandonaron el césped del Nuevo Sardinero y los clientes fueron saliendo del bar. Me dirigí a mi amigo Jesús, el dueño del establecimiento, para comentarle la actitud de mi compañero de asiento, y él trató de quitarle importancia: "Mira, no le hagas caso, mucho ruido y pocas nueces. Nunca viene por aquí y hoy le ha dado por aparecer. Pero, vamos, que es de los que hablan mucho y no hace nada" "Pero molesta", dije yo. El tabernero se encogió de hombros; al fin y al cabo, todos somos clientes que pagan sus consumiciones y no le producen desperfectos materiales en el local. Lo que me parece patético es que personas tan jóvenes, que apenas han empezado a caminar, tengan ya tan grabados a fuego los rasgos indelebles del peor fascismo, el peor racismo, la peor xenofobia. Ya lo véis, un chaval de apenas 20 años, arrastrando los traumas de varias generaciones airadas, dispuesto y predispuesto a granjearse el odio de sus semejantes. Pobre españolito de tan equivocada españolidad, viviendo los odios que le han sido inculcados. A los 20 años… tan joven y tan viejo.